Salmo 78:70-72 RVR1960|70 Eligió a David su siervo, Y lo tomó de las majadas de las ovejas; 71 De tras las paridas lo trajo, Para que apacentase a Jacob su pueblo, Y a Israel su heredad. 72 Y los apacentó conforme a la integridad de su corazón, Los pastoreó con la pericia de sus manos.
Hemos recorrido un camino con David. Vimos la lanza que se clavó en la pared, la casa donde dos instrumentos convivían, la cueva donde el perseguido devolvió la lanza. Hoy subimos a una altura mayor para ver todo el paisaje y entender lo que Dios estaba haciendo detrás de cada escena. La persecución de Saúl no fue un accidente en la vida de David ni un retraso en el plan de Dios; fue el taller del cielo. Lo que a los ojos de David parecía una interrupción de su destino, a los ojos de Dios era la preparación.

El salmista lo resume en dos frases: conforme a la integridad de su corazón y con la pericia de sus manos. Carácter y capacidad, las dos columnas de todo reino. La pericia se aprendió con la honda, el oso y el león, pero la integridad se forjó bajo la lanza de Saúl. Y lo que hoy te hirió o te persiguió es el cincel con que Dios está esculpiendo en ti a la persona que va a sostener lo que te prometió.
Dios no solo unge para el trono, también forma para sostenerlo
Samuel derramó el aceite sobre David siendo un joven pastor, y desde ese día el Espíritu vino sobre él. Pero David no se sentó en el trono ese día, ni ese año; entre la unción y la corona hubo muchos años de lanzas, cuevas y huidas. Aquí hay algo que muchos ministros necesitan escuchar, y es que la unción es el llamado, pero el carácter es lo que sostiene el llamado. Una unción sin carácter produce un Saúl, un hombre que empezó en el Espíritu y terminó con una lanza en la mano.
El Salmo 105 dice de José algo que también ilumina la historia de David: Hasta la hora que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová le probó. Fíjate bien. La misma palabra que promete es la que prueba. Entre el decir de Dios y el cumplir de Dios hay un espacio de prueba donde se determina si quien recibe la promesa podrá cargarla.
Dios no es autor del pecado de Saúl, pero es soberano para usar aun lo que permite. Y me parece que, golpe tras golpe, la lanza de Saúl fue quitándole a David lo que el trono no podía soportar: la dependencia de los títulos, porque en la corte era yerno del rey y jefe de guerra; la dependencia del aplauso, porque pasó de ser aclamado por las multitudes a ser buscado por un ejército; la ingenuidad, porque aprendió a discernir quién era leal; y la ambición impaciente, porque entendió que el trono se recibe y no se arrebata.
La Palabra dice que: Ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Fíjate en la palabra después. David no entendía en la cueva lo que entendería en el palacio, y tú tampoco vas a entenderlo todo mientras estés bajo el cincel; pero llegará el después, y darás gracias por cada golpe que no te destruyó, sino que te dio forma.
En la cueva, Dios le dio corazón de pastor para los quebrantados
David huyó a la cueva de Adulam, y la Escritura dice: Se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho jefe de ellos; y tuvo consigo como cuatrocientos hombres. Detente aquí, porque el que iba a ser rey de Israel no se formó entre cortesanos refinados ni entre generales victoriosos, sino que se formó entre los afligidos, los endeudados y los amargados del reino; él, que había sido perseguido, aprendió a entender a los perseguidos. Él, que había sido rechazado, aprendió a recibir a los rechazados, y esos hombres que llegaron como un grupo caótico terminaron siendo, muchos de ellos, los valientes de David. Tu herida, bien rendida a Dios, se convierte en el idioma con el que hablas a los heridos.
Pero la formación no terminó ahí, años después, David volvió a Siclag y encontró la ciudad quemada y las familias llevadas cautivas, y dice la Escritura: David se angustió mucho, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba en amargura de alma, cada uno por sus hijos y por sus hijas; mas David se fortaleció en Jehová su Dios.
Mira la escena: los que él había cuidado ahora querían apedrearlo. No había consejero, ni amigo, ni ejército que lo sostuviera, solo Dios. Ese es el carácter que sostiene un reino, y es levantarte cuando nadie te levanta, porque quien depende del aplauso se derrumba cuando lo abandonan. Quien fue formado en la persecución sabe que su fuerza viene de arriba, y no de la exaltación de los hombres.
El fruto fue un rey libre de resentimiento
Llegó el día en que Saúl murió en el monte Gilboa y el camino al trono quedó abierto. Un hombre moldeado por el resentimiento habría celebrado y habría ajustado cuentas con la casa de Saúl; pero David lloró a su perseguidor. Compuso un lamento por el hombre que había intentado matarlo una y otra vez: ¡Cómo han caído los valientes! Eso no es debilidad. Es la señal más clara de un corazón que Dios sanó por completo, y cuando su reinado se consolidó, preguntó algo que ningún rey de aquellos tiempos preguntaba: ¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán? Así, Mefiboset, descendiente del rey que lo persiguió, terminó sentado a la mesa de David como uno de los hijos del rey.
La persecución no produjo un tirano vengativo, produjo un rey misericordioso. El dolor que no se rinde se convierte en resentimiento, y el resentimiento, cuando alcanza poder, se convierte en lanza; pero el dolor que se entrega al Maestro se convierte en misericordia, y la misericordia, cuando alcanza poder, se convierte en bendición para otros.
Amado lector, mira de nuevo tus propias lanzas, mira a quien te criticó, te cerró puertas o te sacó de lugares donde creías pertenecer. Quizás nunca entendiste por qué Dios lo permitió, hoy el Espíritu te dice que Él estaba trabajando, quitándote lo que no podías cargar y poniendo en ti lo que sí podrías sostener. Lo que sostiene un ministerio no es la elocuencia, ni el carisma, ni siquiera la unción visible, sino el carácter formado en lo secreto, en las cuevas donde nadie aplaude. No te impacientes en tu Adulam, no te amargues en tu Siclag y no respondas lanza con lanza. Entrégale tu dolor a Dios y deja que su cincel haga su obra, porque quien permitió la lanza también tiene la corona preparada. Amen.
Santiago 1:3-4 RVR1960|3 sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. 4 Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.
¿Estás bajo el cincel de Dios sin entender todavía para qué? Déjalo trabajar. Comparte esta palabra con alguien que necesita saber que su proceso tiene propósito.
Con amor,
Fabio R. Ventura
Abreviaturas de las Biblias utilizadas:
RVR1960 | Reina-Valera 1960