La fe te está susurrando tu milagro

Mateo 9:20-21RVR1960|20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; 21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva.

La Biblia nos narra la necesidad de esta mujer cuyo nombre nunca fue grabado en las páginas de la historia, pero cuya sed de sanidad fue tan profunda que trascendió todo protocolo, toda vergüenza y todo temor. Durante doce años, su cuerpo fue un campo de batalla. Los médicos, en quienes había depositado su esperanza y sus últimos recursos, se convirtieron en símbolos de su fracaso continuo. Y sin embargo, en un momento que parecería ordinario, cuando una multitud se aglomeraba alrededor de un maestro galileo, algo despertó dentro de ella.  No fue una esperanza calculada, sino una convicción que superaba todo entendimiento, y en la quietud de su mente atormentada, nació una frase como un susurro profético, que se arraigo fervientemente en su mente y en su corazón: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Esa no fue una petición más, sino que se convirtió en la mayor declaración de fe que ella hizo en el lenguaje secreto del alma, porque ya no tenía más nada que perder.

El grito silencioso de quien ha sido olvidada
Esta mujer no se acercó a Jesús como los demás. No tenía la dignidad del noble, ni la urgencia del padre que traía a su hijo enfermo, sino que llegaba rota, invisible por una sociedad que la consideraba impura. Doce años no es simplemente un número, sino el testimonio de más de una década completa de aislamiento sistemático. Bajo la ley mosaica, su condición la hacía ritualmente inmunda, su toque contaminaba, su presencia en el templo era inaceptable, hasta reunirse con su familia estaba prohibida. La habían educado para creer que ella misma era el problema.

Pero cuando oyó hablar de Jesús, cuando los rumores llegaron a sus oídos sobre un hombre que sanaba sin hacer distinciones, algo se quebró dentro de ella, y en ese momento hubo una ruptura mental en ella, que no pensó en protocolos ni en etiqueta religiosa. Pensó en una sola cosa: Si tan solo. Esas dos palabras contienen el genio de la fe pura, la fe que no negocia, que no debate, que simplemente cree que la sanidad es posible con solo un contacto, aunque sea del tamaño de un roce accidental. Su pensamiento no fue una petición educada: Señor, ¿podrías considerarme? Fue una declaración de rompimiento contra su propio destino, y era volver a estar sana.

La fe que se atreve a tocar lo intocable
Ella no creía que necesitaba un sermón, una aprobación oficial, o una audiencia formal con el Maestro; creía que la sanidad residía en Su contacto, que Su manto no era simplemente una tela, sino una extensión de Su autoridad, y que la virtud fluía de él como un río que nadie podía detener. Esto es lo que distingue su fe, ella no pidió permiso ni buscó validación; sino que tomó lo que le pertenecía por derecho de la fe.

Cuando se acercó por detrás entre la multitud y tocó el borde de Su manto, el texto no nos da la medida exacta del gesto, pero podemos imaginarlo, una mano extendida entre la multitud, apenas rozando la tela, con la concentración total de un alma que había puesto toda su vida en ese instante. La sanidad llegó, y algunas veces no viene porque Dios decida bendecirte en ese momento específico, vienen porque finalmente te atreves a creer que ya te pertenece. Su fe creó una atmósfera de milagro que provocó la apertura en el mundo espiritual, donde lo sobrenatural pudo fluir hasta manifestarse en lo natural.

La vulnerabilidad se convirtió en su testimonio
Lo que ocurrió después del milagro fue todavía más transformador que la sanidad misma. Cuando Jesús se detuvo y preguntó quién lo había tocado, ella tuvo que hacer algo más difícil que arrastrarse entre la multitud,  tuvo que confesar. Salir de las sombras donde había vivido durante doce años, convirtiendo su acto clandestino en un testimonio público de su desesperación. El temblor que la invadió al ser descubierta no era temor al castigo, era el temblor de alguien que, después de doce años de estar muerta en vida, finalmente se atrevía a vivir, y ahí ocurre la transformación más profunda, porque Jesús no la rechazó por haberlo tocado; sino que la elevó de su estado de impureza legal a una restauración divina. Su fe imperfecta, fue la que actuó desde la sombra, la que no se anunció a sí misma, sino que fue profundamente amada por Dios, no porque fuera silenciosa, sino porque era real.

Ahora, hazte estas preguntas: ¿Quién eres tú en tu propio relato de doce años? ¿En qué multitud te has perdido, buscando un toque que pueda transformarte?

Amado lector, El mensaje de esta mujer es que tu fe no necesita ser perfecta, anunciada ni socialmente aceptable para ser poderosa. Necesitas ser real, que creas, aunque sea susurrándotelo a ti mismo en la oscuridad, que la sanidad es posible, que Dios es accesible, y que tu toque, aunque sea el de alguien quebrado y marginado, tiene el poder de traer la virtud del cielo a tu cuerpo atormentado. Y cuando finalmente seas sanado, cuando lo imposible se vuelva evidente, no te quedes en silencio, tu testimonio será una voz para otros que todavía están en las sombras, esperando el momento en que se atrevan a creer que también ellos pueden ser salvos.

Mateo 9:22 RVR1960|Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.

¿Has estado esperando en silencio un milagro que crees que no mereces pedir en voz alta? Solo un toque de fe puede cambiar tu historia. Comparte esta palabra con alguien que también necesita atreverse a extender su mano hoy.

Con amor,
Fabio R. Ventura

Abreviaturas de las Biblias utilizadas:
RVR1960 | Reina-Valera 1960

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