Juan 3:30 RVR1960|Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.
Juan el Bautista dice esto en un momento de tensión real, sus propios discípulos empezaban a seguir a Jesús, y cualquier persona menos madura habría sentido la tentación de retener su protagonismo. Pero Juan entendía algo que muchos ministerios de hoy todavía luchan por entender, y es que para que Cristo aumente en ti, algo de ti mismo tiene que disminuir.

No es simbólico, ni poético, es real, y uno de los caminos que Dios usa para producir esa disminución es precisamente el ayuno. Cuando la carne mengua, no queda un vacío neutro; queda un espacio que algo más ocupa. Y ese algo más tiene nombre, según el apóstol Pablo en Gálatas, la primera manifestación del fruto del Espíritu no es el gozo, ni la paz, ni el dominio propio, es el amor; el ayuno no es solo un ejercicio de negación, es un proceso de cultivo, mientras se retiran los apetitos de la carne, empieza a emerger con más claridad el carácter mismo de Cristo, y ese carácter, en su raíz, está hecho de amor por las almas.
La carne que mengua deja de gobernar tu corazón
El apóstol Pablo describe una guerra constante entre la carne y el Espíritu: estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. La carne, en el lenguaje paulino, no es solo el cuerpo físico, es toda una estructura de deseos centrados en ti mismo, la autoconservación, el confort, la búsqueda de satisfacción inmediata. Cuando ayunas, le quitas a esa estructura uno de sus territorios más básicos, el apetito, y debilitas el gobierno que la carne normalmente ejerce sobre tus decisiones y tus emociones. Por eso, durante un ayuno sostenido, muchos experimentan una sensibilidad emocional que antes no tenían, lágrimas que no esperaban, ternura hacia situaciones que antes los dejaban indiferentes, capacidad renovada de sentir el dolor ajeno como propio, y no es debilidad física, es que la carne, al perder su dominio, deja de bloquear lo que el Espíritu siempre quiso expresar a través de ti.
Del vacío de la carne nace el fruto del amor
Fíjate en algo que el apóstol Pablo hace al enumerar el fruto del Espíritu, no presenta una lista de virtudes sueltas, sino que presenta un solo fruto con múltiples expresiones, y coloca el amor primero, como la raíz de donde brotan todas las demás. El gozo, la paciencia, la benignidad, el dominio propio no son logros separados que persigues uno por uno, son manifestaciones distintas de un mismo amor que se va asentando en tu corazón. Cuando el ayuno vacía a la carne de su protagonismo, ese espacio no se queda vacío, se convierte en el terreno donde el amor del Espíritu por fin encuentra condiciones para crecer sin la resistencia constante del egoísmo. Muchos intercesores lo experimentan sin saber nombrarlo con precisión, en temporadas de ayuno prolongado, el amor por las almas deja de ser una doctrina que se predica y se convierte en una carga que se siente, casi físicamente, en el pecho; ya no es solo saber que Dios ama a los perdidos, es empezar a sentir ese amor como propio, hasta que la indiferencia que antes sentías hacia ciertas personas se vuelve, literalmente, insostenible.
El corazón de Cristo se forma más profundo en ti
Cuando los evangelios describen la compasión de Jesús ante las multitudes, usan un verbo griego, splagchnízomai, que remite a las entrañas, al lugar más profundo del cuerpo donde se siente el dolor visceral. No era una compasión distante ni intelectual, era una conmoción física ante el sufrimiento ajeno; y muchas de esas escenas de compasión ocurren precisamente en contextos de escasez, de multitudes hambrientas, de necesidad extrema, como si el mismo Cristo, familiarizado con el ayuno, tuviera una capacidad especial de sentir en las entrañas lo que otros solo observaban con los ojos.
Cuando ayunás con un corazón dispuesto, no estás simplemente imitando una disciplina externa, estás dejando que esa misma capacidad de compasión visceral se vaya formando en ti. La carne que mengua deja de interponerse entre tu corazón y el dolor del mundo, y poco a poco empiezas a mirar a las almas perdidas no como estadísticas ni proyectos ministeriales, sino como Cristo las miraba: con esa conmoción de entrañas que lo llevaba a sanar, a alimentar, a buscar al que estaba lejos.
Amado lector, El ayuno, entendido así, deja de ser solo un instrumento para obtener respuestas o atravesar batallas espirituales, y se convierte en un proceso formativo del carácter, donde la carne mengua precisamente para que el amor del Espíritu tenga espacio de crecer sin obstáculos. Juan el Bautista entendió que disminuir no era una pérdida, era la condición necesaria para que algo mayor se manifestara a través de él.
Cada vez que ayunas y dejas que tus apetitos naturales cedan terreno, le estás dando al Espíritu Santo la oportunidad de plasmar en ti un amor que ya no es solo tuyo, es el mismo amor entrañable con que Cristo ama a las almas. Amen.
Filipenses 1:8 RVR1960|Porque Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo.
¿Sientes que tu corazón se ha vuelto indiferente al dolor ajeno? El ayuno puede ser el camino para recuperar esas entrañas de misericordia. Comparte esta palabra con alguien que necesita un corazón renovado hoy.
Con amor,
Fabio R. Ventura
Abreviaturas de las Biblias utilizadas:
RVR1960 | Reina-Valera 1960